viernes, agosto 21, 2026

El derecho a debatir la memoria: Apuntes a una columna de Ronald Gamarra


En el reciente número de Hildebrandt en sus trece, el abogado Ronald Gamarra publica una columna sobre el Lugar de la Memoria. En ella escibe "Hay algo que los trogloditas nunca entienden: que la memoria no se administra, se venera; no se decreta, se hereda".

Te felicito, Ronald, por tu feroz autocrítica, pero yo no te calificaría de “troglodita”. Es cierto: la memoria no se decreta. Precisamente por eso, ni la propuesta museográfica del LUM ni el Informe Final de la Comisión de la Verdad son dogmas de fe que debamos aceptar a pie juntillas.

El propio presidente de la Comisión de la Verdad y de la Reconciliación, Salomón Lerner Febres, señalaba que su trabajo podía ser puesto en debate. “Nuestro informe se ofreció al país como punto de partida, y perfeccionarlo será siempre legítimo; pero perfeccionar no es amputar ni desfigurar”, señaló textualmente en un artículo reciente.

Estamos de acuerdo. Ni el Estado ni ningún grupo en particular tienen el monopolio de la memoria.

Lo que chirría es ese “se hereda”. ¿Quién la hereda y, sobre todo, quién decide qué se hereda? Pero no solo eso. ¿“Se venera”? Si con “memoria” te refieres al respeto debido a las víctimas, estamos de acuerdo. Pero si te refieres a una determinada narrativa histórica, la cosa cambia. ¿De qué memoria estamos hablando, Ronald?

La memoria familiar puede transmitirse de generación en generación. Pero la memoria histórica también se investiga, se construye y se discute.

Podemos coincidir en que una víctima tiene autoridad moral sobre su propia experiencia, que nadie debería negar. Otra cosa es convertir esa experiencia en una interpretación general de la época del terrorismo que quede fuera del debate.

Dices que la memoria no se administra. Sin embargo, buena parte de tu columna está dedicada a discutir quién debe administrar la institución que conserva y transmite ciertas memorias. Son asuntos distintos, desde luego, aunque inevitablemente relacionados.

A mi juicio, es un debate secundario discutir si corresponde al Ministerio de Justicia o al Ministerio de Cultura encargarse del sitio. ¿Pero descalificar gratuitamente a quien piensa diferente? Como que te has pasado un par de pueblos.

Lo que más me perturba de tu columna son las sombras de intolerancia, seguramente involuntarias, que asoman entre líneas. Cuando una determinada memoria se presenta como algo que debe venerarse y se descalifica como ‘troglodita’ a quien la cuestiona, el debate empieza a enrarecerse peligrosamente.

Es pertinente recordar las palabras de Alan García al colocar la primera piedra del LUM: ‘Este lugar será una escuela de pensamiento para que todos los peruanos puedan reflexionar y desterrar la intolerancia que conduce siempre a la violencia y a la muerte’.

Harías bien, Ronald, en hacerle caso al presidente García: el LUM debía ser una escuela de pensamiento para desterrar la intolerancia. Eso incluye algo elemental: nadie tiene el monopolio de la memoria ni el derecho a establecer de antemano los límites del debate sobre nuestro pasado.

jueves, mayo 21, 2026

El mito del monorriel y la huaca perdida

Cada vez que ocurre un hallazgo arqueológico importante en el Perú, aparecen voces que piden construir un teleférico para atraer turismo.



Se suele citar el caso de Kuélap como un modelo exitoso.

Sin embargo, conviene detenernos un momento y preguntarnos qué deseamos para nuestro legado cultural, y si lo realizado en Kuélap, fortaleza construida por los chachapoyas, resultó realmente beneficioso frente a la enorme inversión destinada a su sistema de telecabinas.

El Perú posee una inmensa cantidad de sitios arqueológicos que, junto con la gastronomía, constituyen uno de los principales atractivos turísticos del país. Pero estos lugares requieren conservación permanente y el presupuesto estatal para ello sigue siendo limitado.

En 2016, el Ministerio de Comercio Exterior y Turismo informó que la inversión en el sistema de telecabinas ascendía a aproximadamente S/ 81 millones.

Uno de los aspectos más cuestionados del proyecto ha sido el esquema de subsidio operativo. El contrato contempla un Pago por Operación y Mantenimiento (RPMO), mediante el cual el Estado cubre parte importante de los costos cuando no se alcanza el flujo esperado de pasajeros.

Mientras se invertía en el teleférico, Kuélap arrastraba problemas críticos de drenaje y manejo de aguas pluviales. Diversos informes posteriores al colapso parcial de una de sus murallas señalaron que la humedad acumulada y las filtraciones fueron factores determinantes en el deterioro estructural del monumento.

El acuerdo firmado para operar el teleférico implicó además que el Estado continuara realizando pagos al concesionario incluso durante la pandemia y posteriormente durante los periodos de cierre del complejo arqueológico ocasionados por los derrumbes.

No está mal desarrollar infraestructura que pueda favorecer la llegada de turistas y generar divisas. Lo cuestionable es que esos acuerdos no necesariamente hayan resultado suficientemente favorables para el país ni para la protección del patrimonio.

Hoy se habla del sitio arqueológico María Fortaleza T’aqrachullo tras una publicación de National Geographic. Y nuevamente aparecen propuestas para replicar el modelo de Kuélap.

Lo mismo ocurre con Machu Picchu y Choquequirao, donde periódicamente resurgen iniciativas de teleféricos sin que siempre se discutan suficientemente sus posibles impactos paisajísticos, ambientales y patrimoniales.

Hace falta un Estado fuerte, antiimperialista, capaz de negociar condiciones favorables para el país y de administrar adecuadamente monumentos arqueológicos de enorme fragilidad e importancia histórica.

El recurrente entusiasmo por construir teleféricos recuerda inevitablemente aquel episodio de The Simpsons en el que un vendedor convence a Springfield de invertir en un innecesario monorriel.

No se trata de rechazar la inversión privada. El problema surge cuando ésta puede entrar en conflicto con un interés superior: conservar joyas arquitectónicas prehispánicas que constituyen parte esencial de la memoria histórica del Perú.

Incluso desde una perspectiva económica, resulta más rentable priorizar primero la adecuada conservación de sitios arqueológicos —sea T’aqrachullo, Machu Picchu, Choquequirao o cualquier otra huaca— antes que levantar infraestructura costosa que, sin el patrimonio que le da sentido, termina perdiendo valor por sí misma.

jueves, abril 30, 2026

Sobre la cueca futre siútica de "La viuda del conventillo"


De forma azarosa llegó a mis manos "La viuda del conventillo", novela del chileno Alberto Romero publicada en Buenos Aires en 1930.

Una grata sorpresa este libro de 200 y pico páginas.

La trama se ambienta en el Santiago de Chile de inicios del siglo XX, cuando esa ciudad, al igual que Lima y demás capitales latinoamericanas, crecían e intentaban emular a sus pares europeas.

Pero éste no es un canto al progreso. Tampoco a la nostalgia de un pasado más sosegado.

Es, más bien, la descripción de la periferia de la modernidad. Los bajos fondos. Las cités (variante de nuestros callejones) y conventillos hacinados. Proxenetas, alcohólicos, prostitutas, vividores.

Ese es el mundo que describe Romero en "La viuda del conventillo".

La protagonista es una mujer dedicada a la venta de comida en la calle. Un hombre que había perdido la vocación por trabajar la enamora y la vive. Pero el romance dura poco. El galán muere en una borrachera, mientras que ella daba a luz a la hija de él.

Allí empiezan los subes y bajas de la existencia de Eufrasia, cada vez más cerca de lo sórdido y amoral.

Un lector desprevenido podría tomar la novela como un cuadro costumbrista. Pero aunque algo de eso hay, la mirada de Romero va más allá, a las miserias detrás del mundo de las apariencias.

Difícil no recordar a "Duque" del peruano José Diez Canseco, publicado en 1935 en Santiago. Mientras la obra de nuestro connacional describe una espiral de corrupción y decadencia en la clase alta limeña, Romero hace lo propio pero con ese proletario incipiente que surgía en las ciudades.

Eufrasia se maneja en un entorno en el que la prostitución convive en los mismos espacios que los obreros, pequeños comerciantes, inmigrantes, vagos y eventuales jornaleros rurales perdidos en la ciudad.

A comienzos del siglo XX surgió en la literatura peruana - la que conozco mejor - el personaje de la huachafa, mujeres que - desde una mirada clasista - aparentan lo que no son y cubren sus necesidades con la costura. Siútica se diría en Chile.

Pionero en ese rubro fue "Las Cojinovas" de Cloamón de 1905, en donde la prostitución se sugiere como una caída probable. 

Estos personajes femeninos, sea Eufrasia o cualquiera de las huachafas peruanas de las primeras décadas del siglo XX, las eventuales siúticas que aún no leo, que se revelan contra el rol que les impone la sociedad, terminan empotradas contra la realidad: un mundo mediocre, sin espacio para superarse por su propio esfuerzo.

En palabras  de "La viuda del conventillo": "Vivir por vivir, nada más". 

PD: Es una delicia el uso de modismos chilenos de este libro. Algunos, incluso, lo compartimos los peruanos como llapa/yapa, chauchilla, picarones o chancaca. Romero recurre a ese léxico sin impostación, dando el aire de naturalidad. Un acierto previsor el incluir un glosario  en las últimas páginas. 

lunes, abril 06, 2026

Los 125 de Serafín Delmar: el vanguardista oculto

El 6 de abril de 1901, hace 125 años, nació Reynaldo Bolaños Díaz, conocido en el mundo de las letras como Serafín Delmar

Natural de Huancayo - aunque algunas fuentes sugieren que nació en Huancavelica - fue uno
de nuestros primeros autores vanguardistas y también pionero de lo que algunos llaman literatura social.

Sus hermanos Federico y Óscar - este último usaba el seudónimo de Julián Petrovick - también tuvieron vocación por la literatura.

Tuvo como pareja a la conocida poeta Magda Portal, y al igual que ella, militó en el Partido Aprista Peruano. 

Estuvo cerca de diez años preso, acusado de haber participado en una intentona por matar al tirano Luis Sánchez Cerro. 

Es poco lo que se ha estudiado sobre su obra. Es un olvido injusto.

Su faceta más conocida es la de poeta, habiendo dado a imprenta su primer libro en 1926, Los espejos envenenados. 

De este título diría años más tarde Luis Alberto Sánchez que en sus páginas se filtraba el dadaísmo, en boga en esos años en Europa.

Cuando dejó la cárcel, migró y publicó el grueso de sus textos conocidos en unos pocos años. Luego de ello, un silencio editorial que mantendría hasta su muerte en Santiago de Chile en 1980.

De ese desembalse literario es su poemario Tiempos de odio (Santiago de Chile, 1946), tal vez lo último que publicó en vida.

De ese libro, en particular, me gusta ese par de versos que dicen 

"No diré, no, sino cuando saquen de mis ojos
la lágrima conque Dios me creó."

Serafín Delmar no solo escribió poesía. También incursionó en el cuento y novela.

Pero es difícil encasillar en un género su libro Sol: Están destruyendo a tus hijos.

Algunos lo consideran novela, otros cuentos. Yo recomendaría olvidarse de categorías y dejarse atrapar por su pluma.

Sánchez, en el prólogo, escribió que en esa obra surgía el "poeta sin escuela, el poeta sin bandería literaria", y tiene toda la razón.

Este libro, que debería ser por su calidad considerado dentro de nuestros clásicos, ha tenido poca fortuna editorial.


Su primera edición fue en Buenos Aires en 1941. La segunda es de 1967, encargada a una imprenta de Lima por la Municipalidad de Huancayo. En ese entonces, el alcalde era el doctor Félix Ortega Arce* del Partido Aprista Peruano.

 Luego, la misma municipalidad lo reeditaría en 2017, siendo alcalde Alcides Chamorro, sin vínculo con el partido.

Es una lástima la circulación casi clandestina de esta obra. Tengo la sospecha que el silencio hacia Serafín Delmar y a su producción literaria se debe a su militancia aprista. 

En este libro inclasificable se combina el cuento, la novela, la prosa poética, la autobiografía y más. 

Esta joya está dividida en tres partes, que el autor bautiza como estancias.

La primera está dedicada a la Revolución de Trujillo. Son breves cuentos que capturan el sentir de los apristas de ese tiempo. 

Son pequeñas pinceladas que hablan de la madre que espera a su hijo mientras los soplones le queman su casa por tener un cuadro de Víctor Raúl, de prisioneros que levantan orgullosos el brazo izquierdo ante el pelotón de fusilamiento, de cadáveres que se consuelan entre sí.

Luego, la segunda, es la dedicada a los años de prisión. Los "presos sociales" - eufemismo que usaba la dictadura para no decir "presos políticos" - conviviendo con los presos comunes. 

Es una mirada al infierno del confinamiento y la decadencia. Al igual que en la primera estancia, son textos cortos, que se confunden con cuentos. 

Pero en esa miseria, encuentra poesía. Esos pasajes en que describe la relación de los presos con animales, unos cautivos de otros cautivos, son muy bellos y crudos. El sadismo de los carceleros y la pérdida progresiva de la cordura también tiene ese atractivo.

Pero es en la tercera estancia en el que el genio de Serafín Delmar se desata y rompe los barrotes de cualquier esquema.

Pudo publicar esa estancia sola y sería una joya por sí misma. Pero aparejada de las dos estancias previas la llena de mayor significado.

El arranque tranquilamente pudo ser el de un poemario o una obra de teatro. Un esclavo que habla con sus cadenas, y ellas le responden. En ese diálogo fluye de forma natural la doctrina aprista, esa que llama a luchar contra el mal y que promete la ansiada redención. 

Porque Serafín Delmar escribe con la mano izquierda con la que los compañeros saludamos al cantar la Marsellesa. Y lo hace tan bien que convierte ese sentimiento en universal.

Luego siguen pasajes que evaden el realismo y se vuelve un sueño o pesadilla. En ella recuerda a su hija, a su madre, a su pareja, al partido. Reflexiones varias.

Y termina tal como empezó: un diálogo entre el preso, la rosa, la mañana. Pura poesía. 

Serafín Delmar, quien sufriera destierros y prisión por su militancia partidaria, merece ser leído por los que amamos la literatura. Su legado trasciende la camiseta política. Rompamos la mezquindad con la que se ha ocultado su obra. 

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*Mártir aprista asesinado por Sendero Luminoso en 1987.