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viernes, agosto 21, 2026

El derecho a debatir la memoria: Apuntes a una columna de Ronald Gamarra


En el reciente número de Hildebrandt en sus trece, el abogado Ronald Gamarra publica una columna sobre el Lugar de la Memoria. En ella escibe "Hay algo que los trogloditas nunca entienden: que la memoria no se administra, se venera; no se decreta, se hereda".

Te felicito, Ronald, por tu feroz autocrítica, pero yo no te calificaría de “troglodita”. Es cierto: la memoria no se decreta. Precisamente por eso, ni la propuesta museográfica del LUM ni el Informe Final de la Comisión de la Verdad son dogmas de fe que debamos aceptar a pie juntillas.

El propio presidente de la Comisión de la Verdad y de la Reconciliación, Salomón Lerner Febres, señalaba que su trabajo podía ser puesto en debate. “Nuestro informe se ofreció al país como punto de partida, y perfeccionarlo será siempre legítimo; pero perfeccionar no es amputar ni desfigurar”, señaló textualmente en un artículo reciente.

Estamos de acuerdo. Ni el Estado ni ningún grupo en particular tienen el monopolio de la memoria.

Lo que chirría es ese “se hereda”. ¿Quién la hereda y, sobre todo, quién decide qué se hereda? Pero no solo eso. ¿“Se venera”? Si con “memoria” te refieres al respeto debido a las víctimas, estamos de acuerdo. Pero si te refieres a una determinada narrativa histórica, la cosa cambia. ¿De qué memoria estamos hablando, Ronald?

La memoria familiar puede transmitirse de generación en generación. Pero la memoria histórica también se investiga, se construye y se discute.

Podemos coincidir en que una víctima tiene autoridad moral sobre su propia experiencia, que nadie debería negar. Otra cosa es convertir esa experiencia en una interpretación general de la época del terrorismo que quede fuera del debate.

Dices que la memoria no se administra. Sin embargo, buena parte de tu columna está dedicada a discutir quién debe administrar la institución que conserva y transmite ciertas memorias. Son asuntos distintos, desde luego, aunque inevitablemente relacionados.

A mi juicio, es un debate secundario discutir si corresponde al Ministerio de Justicia o al Ministerio de Cultura encargarse del sitio. ¿Pero descalificar gratuitamente a quien piensa diferente? Como que te has pasado un par de pueblos.

Lo que más me perturba de tu columna son las sombras de intolerancia, seguramente involuntarias, que asoman entre líneas. Cuando una determinada memoria se presenta como algo que debe venerarse y se descalifica como ‘troglodita’ a quien la cuestiona, el debate empieza a enrarecerse peligrosamente.

Es pertinente recordar las palabras de Alan García al colocar la primera piedra del LUM: ‘Este lugar será una escuela de pensamiento para que todos los peruanos puedan reflexionar y desterrar la intolerancia que conduce siempre a la violencia y a la muerte’.

Harías bien, Ronald, en hacerle caso al presidente García: el LUM debía ser una escuela de pensamiento para desterrar la intolerancia. Eso incluye algo elemental: nadie tiene el monopolio de la memoria ni el derecho a establecer de antemano los límites del debate sobre nuestro pasado.

lunes, septiembre 15, 2025

El espejo empañado del caviar


Eduardo Dargent, con quien compartí aulas en la Pontificia Universidad Católica, plaza fuerte de aquello que llaman “caviar”, acaba de publicar un libro sobre ese inasible sujeto político al que se le ha puesto ese nombre.

 “Caviar: del pituco de izquierda al multiverso progre”, el título completo de su obra, es una versión de parte, como lo reconoce Dargent. Parafraseando el léxico que se usa en estos días, en el libro se habla de cómo se autoperciben los caviares, o al menos mi antiguo vecino de carpeta.

Y en ese planteamiento válido, quienes estamos en otra orilla también tenemos cosas qué decir. 

Honestos y “honestos”

Con todo el aprecio que le puedo tener a Eduardo, aceptar como realidad que una característica clave de lo caviar la “lucha contra la corrupción”, definición que aparece desde la primera página del primer capítulo y que repite cada tanto, como que no cuela.

En todas las corrientes políticas o ideológicas sospecho se suscribiría esa afirmación. Otro asunto es que, desde cierto pedestal, se quiera usar la “lucha contra la corrupción” para descalificar a los oponentes.

Solo basta mirar algunos hechos recientes alejándose de la narrativa dominante y machacado hasta el cansancio.

Ya son seis, casi siete, los años que han pasado de la muerte de Alan García y no se ha mostrado una sola prueba de los delitos por los que le querían dar prisión preventiva. Yo soy aprista, me cuestionarán que defienda al c. Presidente, pero no me rebatirán.

Sin embargo, vayamos a otros ejemplos. ¿Cómo manejamos el tema Susana Villarán y los aportes que confesó haber recibido mientras era funcionaria, nada menos alcaldesa de Lima? El propio Dargent la nombra como un ejemplo de caviar, pero no ahonda en su gestión.

El autor, coetáneo mío en la PUCP, señala que una de las debilidades caviares su poco peso electoral. ¿Cómo no hablar de su máximo logro en este siglo del caviarismo, la alcaldía de Lima, y cómo la manejaron?

El silencio que ha caído sobre la muerte de José Miguel Castro, gerente de la Municipalidad durante esa gestión y también sindicado como cómplice en la recepción de dineros de constructoras brasileñas, es un tema que también echa sombras sobre esa “lucha contra la corrupción”. 

Pero dejemos esa idealización que tienen de si mismos los caviares como adalides de la legalidad, que no es exclusiva del libro de Eduardo. La autosuficiencia con la que hablan algunos de sus voceros es, para los que no comulgamos políticamente con este grupo, es suficiente prueba de su problema para criticarse.

Sudar Channell

Hay una definición de caviar o de sus variantes – el antiguo “cívico” o el más reciente “cojudigno” – que se repite con constancia tergiversando el sentido que se le daba al apodo.

De acuerdo a Dargent y otros, que se identifican o simpatizan con esta corriente, hacen referencia a una expresión tomada de Francia donde en plan de burla se le decía izquierda caviar a las personas acomodadas que no vivían acorde con su ideología progresista o similar. 

Esa explicación viene con trampa. Es decir, con otras palabras, que una persona con privilegios se preocupe por los menos afortunados.

En el primer ciclo de universidad, un profesor que dictaba un curso de introducción a las ciencias sociales, Oswaldo Medina si no me falla la memoria, describió el concepto antes que llegara el apodo. Para los cachimbos pelones que éramos, nos daba con bastante humor unas clases llenas de anécdotas y observaciones agudas. 

En una de ellas, tal vez escapándole el chisme, contó de algún colega de las ciencias sociales que era congresista por Izquierda Unida o su escisión posterior. Relató que lo estaba visitando en su oficina parlamentaria cuando llegó una delegación de mineros o agricultores. Su colega la atendió afable. Pero una vez que se fue el grupo, pidió a sus asistentes que echaran colonia para que se vaya el olor.

Lo de caviar no va por gente que tenga gustos exclusivos – Dargent bromea conque le gusta el café de grano seleccionado – sino con lo utilitario que resulta para personas con privilegios en épocas de elecciones o para ascender en el mundo académico hablar de las necesidades de personas que no las ven como iguales. 

En otras palabras, con personas con las que no comparten más que una relación vertical. En palabras de Hernán Garrido Lecca, "comunistas a tiempo parcial".

Cada cierto tiempo se habla de poner más requisitos – en especial, académicos – para acceder al Congreso. Y esa corriente de opinión viene de la derecha y de la llamada izquierda caviar. Un retroceso a derechos conseguidos poco a poco hasta lograr el voto para los analfabetos. Quedaríamos en la posición de ciudadanos que pueden elegir pero no ser elegidos. 

Mártires de la democracia

Otro punto es el de los derechos humanos y del Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. No aceptar críticas a su “narrativa” los pone en la misma situación que cuando hablan de su exclusividad en el tema de la “lucha contra la corrupción”. En los 90, cuando compartí aulas con Eduardo, era constante en las clases de la PUCP repetir que la izquierda no aprista había sido la más perjudicada con el accionar de Sendero Luminoso y MRTA. 

Sin embargo, cuando se hizo el recuento de víctimas, era el Apra el partido más golpeado. Pero ese dato ya no se destacó en el Informe Final. Es más, víctimas apristas fueron dejadas de lado. En una reciente visita en Tarapoto, encontré a la familia de Julio Santa María cuyo patriarca, un militante puro y sincero del Partido del Pueblo, el Apra, falleció ejerciendo de subprefecto en Tocache en 1990, pero nadie de la CVR se contactó con ellos. Y como él, cuántos más habrá.

Claro que los familiares, compañeros, amigos de las víctimas de los terroristas quieren la verdad. Muchos casos se han archivado y nunca se llegó a saber quiénes fueron los responsables materiales e intelectuales. Solo rumores. Pero los autoproclamados defensores de los derechos humanos dejan estos casos de lado. 

Seguro Dargent objetará con algún argumento a esto último, pero para eso uno escribe, para debatir.

lunes, septiembre 02, 2024

El militar bueno: una reivindicación inesperada en la película Tatuajes en la memoria de Lucho Llosa

Tatuajes en la memoria es la versión cinematográfica de Memorias de un soldado desconocido de Lurgio Gavilán, dirigida por Lucho Llosa y que está en estos días en cartelera.

La historia, como muchos recordarán, es cómo un niño, el propio Gavilán, se enrola en Sendero Luminoso para seguir a su hermano. Y cómo, tiempo después, es salvado de ser ajusticiado por ronderos por un oficial del Ejército del Perú. 

Luego, ese niño ya adolescente sirve al país como soldado, y más tarde, se vuelve sacerdote. 

Me ha sorprendido - o tal vez no tanto - la reacción negativa que ha generado en algunos comentaristas habituales de cine.

Entiendo, y comparto, algunos reparos formales: detalles como el nudo inmóvil de una horca, una que otra actuación que no encaja con el tono de las demás, problemas con la cronología de la narración.

Incluso, las contadas veces que se usa la voz en off me parece innecesaria.

Pero lo que se aprecia en la sala de cine es una película de buena factura, que juega con los tiempos. 

El protagonista, mostrado como un joven, viaja a su pueblo natal y no puede dejar de recordar. El relato está sazonado de flashbacks que se repiten una y otra vez. Incluso, lo primero que sabemos del protagonista, es una pesadilla con imágenes cortas y sangrientas de su experiencia.

Pero no creo que sean estos detalles los que molesten a los habituales cinemeros, sino un motivo que casi no es cinematográfico, sino ideológico: la aparición del militar bueno.

Shogún, el héroe incómodo

Quienes han leído el libro o han visto la película recordarán al teniente Shogún, ese oficial anónimo que salvó la vida a un niño metido de terrorista.

No quiero spoilear más la película para que cada quién saque sus propias conclusiones.

Sin embargo, creo que la clave de la historia está en la primera charla que tiene Shogún con el menor levado por los senderistas.

En esa conversación, casi un monólogo, dice unas cuantas frases que nos dan otra perspectiva de la época de la violencia terrorista, que algunos se empecina en llamar "conflicto armado interno".

El oficial dice que ninguna de esas muertes violentas que vio el pequeño Lurgio hubieran sucedido si Sendero Luminoso no se levantaba, y que no habían conseguido nada.

En su casi monólogo, Shogún agrega que personas como el niño al que le está hablando son en realidad víctimas engañadas.

Esa descripción de los hechos, en las que se subraya la culpa de Sendero Luminoso en el baño de sangre al que nos empujó, es muy poco frecuente en la cinematografía peruana. 

Hago memoria y recuerdo Vidas paralelas de Rocío Lladó. También sufrió críticas feroces en su momento por dar una versión favorable a las Fuerzas Armadas. Y también es cierto que tenía algunas fallas en la puesta en escena, fallas que no tiene Tatuajes en la memoria.

Después, no recuerdo retratos de militares que se hayan comportado con rectitud en zonas de emergencia. Siempre tenían una mancha, por lo menos.

Sobre policías tenemos La hora final de Eduardo Mendoza, basada en el libro de Carlos Paredes sobre la captura de Abimael Guzmán o el documental Con el alma en vilo de Luis Enrique Cam sobre desactivadores de bombas.

Pero de militares, que hayan luchado dentro de la legalidad contra la subversión, no se me viene un nombre más de película que llegara a estreno comercial a la mente.

Tal vez se me ha pasado algún título. Pero igual, el "militar bueno" es el caso marginal de nuestra filmografía.

Y no porque no haya existido en la vida real - el caso de Shogún es un ejemplo - sino por otras motivaciones.

Vale recordar que esta película fue rechazada cuatro veces de recibir los estímulos económicos que concede el Estado para promocionar el cine nacional. Y con guion de Mario Vargas Llosa, en la que tal vez sea su última obra de ficción. 

Estímulos que sí se concedieron para hacer una apología, casi hagiografía, de un militar: el tirano Juan Velasco Alvarado. 

Habría que replantear cómo se conceden estos estímulos, rotar más a los jurados y que estos representen diferentes formas de pensar, para que las películas apoyadas no sean una cancina repetición de prejuicios.

Sea como fuere, allí nos dejó Lucho Llosa el retrato de Shogún, en recuerdo de aquellos militares correctos e idealistas que combatieron a esas hordas cobardes, fanáticas y sanguinarias de Sendero Luminoso y MRTA.





miércoles, agosto 07, 2024

Rechazan cuatro veces guion de Mario Vargas Llosa o no hay plata para tanta gente


Dentro de poco llegará a las salas de cine "Tatuajes en la memoria", proyecto personal de Lucho Llosa.

El largometraje es una adaptación libre de "Memorias de un soldado desconocido" de Lurgio Gavilán y cuenta con el guion de Mario Vargas Llosa.

En las entrevistas que ha dado el cineasta sobre la película ha mencionado un hecho que ha pasado desapercibido: su proyecto postuló a los incentivos que da el Estado en cuatro oportunidades y no fue aceptado.

El director lo ha tomado deportivamente y se preocupa de resaltar otros aspectos de la película. 

Sin embargo, llama la atención el rechazo de financiación a esta película.

Mucho se ha hablado sobre la ley de cine, asegurándose que sin los estímulos no habría posibilidad de conocer diferentes puntos de vista de la realidad nacional y otros argumentos similares.

Pero la realidad es que desde hace buen tiempo estos fondos han servido, cuando se trata de filmes de la época del terrorismo, a privilegiar una visión de cierta izquierda.

Se ha esgrimido que otros sectores no se han interesado en el tema, lo que no es exacto.

No importan los hechos, sino quien los cuente

La historia de Lurgio Gavilán es la de un niño de un pueblo de Ayacucho que, por seguir a su hermano, se enrola en Sendero Luminoso. Luego, un oficial del Ejército le salva la vida y termina de recluta.

La experiencia de Gavilán, actualmente catedrático universitario, es una fuente de primera mano sobre esos aciagos años. 

Es un lujo que Vargas Llosa adapte esas azarosas vivencias. Sin embargo, en cuatro ocasiones jurados diferentes le han dicho no a otorgar financiación del Estado a "Tatuajes en la memoria".


Lucho Llosa, por otra parte, no es un recién llegado al mundo del cine. Ha dirigido producciones de Hollywood y ha sido parte de varios proyectos audiovisuales. Más allá que a uno le guste o no lo que ha hecho, no se le puede negar experiencia.

Visto en frío, sin conocer al detalle el proyecto, parecería el tipo de película para la que se crearon los fondos públicos para el cine. Pero no, no es así.

Hay un detalle que no se puede obviar: Vargas Llosa es de derecha liberal. Yo no comparto su posición ideológica - soy de izquierda democrática, militante aprista para más señas - pero no puedo negar su talento.

Y creo que por allí va la razón de esta reiterada negativa. 

Hace unos meses hubo una polémica entre el periodista Francisco de Piérola y el cineasta Joel Calero por la subvención que recibió el segundo por su película "La piel más temida".

La trama del filme, resumida, es sobre una hija de un terrorista de Sendero Luminoso, criada en Suecia, que regresa al Perú y conoce a su familia paterna.

El debate que suscitó es una muestra de lo sensible que aún somos para hablar sobre esa época de violencia y lo difícil de escuchar posiciones contrarias.

En ese contexto, hasta le cae el veto al único premio Nobel que tenemos por no ser afín a esa izquierda que quiere monopolizar la "narrativa" sobre lo que llama el "conflicto armado interno". 

Por suerte, Lucho Llosa se las ha ingeniado para sacar adelante su película. Puede ser buena, mala o regular, pero no le ha costado un sol a los peruanos. 

domingo, septiembre 24, 2023

El mito del terrorista bueno o la importancia del musical Annie en la vida de Lori Berenson


"La casa de La Molina estaba alquilada a nombre de Lori Berenson, una neoyorquina de 26 años con un don para las artes, Ya de pequeña había interpretado el papel principal en la obra Annie"

Ha salido hace poco 'Con las masas y las armas. Auge y caída del MRTA' (IEP) de Miguel La Serna, un texto que, a mi juicio, es condescendiente con ese grupo terrorista.

Dudé en escribir este texto, pensando en que más iba a ser la publicidad a una obra que considero fallida y con una ideología que no comparto, pero ante tantas imprecisiones, sentí la necesidad de hacerlo.

Para ser una obra académica, La Serna ha tomado muchas licencias y conjeturas.

Por ejemplo, para mencionar una casi pueril equivocación, asegura que el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA) se levantó en armas por la política económica neoliberal de Fernando Belaunde (presidente entre 1980-1985).

El gobierno de Belaunde, siendo de derecha, no fue neoliberal. No buscó en ningún momento reducir el Estado o dejar de controlar los precios.

Ese mote de neoliberal se usa en ciertos espacios para descalificar al adversario político. Es como decir facho o terruco. 

Si no explica el uso del adjetivo, más parece una justificación al alzamiento del MRTA.

Pero demos el beneficio de la duda, que el autor o su traductor - la obra fue escrita originalmente en inglés - tomó neoliberal como sinónimo de derecha sin esa intención.

No obstante, a lo largo de las páginas vemos que idealiza varios pasajes de la historia del MRTA y da por ciertos los testimonios de quienes militaron en este grupo terrorista.

El epígrafe que encabeza estas líneas es una muestra de ello.

Lori Berenson, la norteamericana que ayudó activamente en el plan fallido de tomar el Congreso de la República, es retratada recordando su gusto por el arte. 

No hay un defecto de Lori Berenson que mencione La Serna en su descripción.

Y así es con casi todos los emerretistas mencionados en su libro, unos idealistas que torturaban, extorsionaban, mataban, mientras buscaban un mundo mejor. 

¿Y las cárceles del pueblo dónde están?

No se le pide al investigador que describa a los subversivos deshumanizándolos, pero algo de equilibrio
debe haber.

Ese equilibrio se ve resquebrajado desde que La Serna omite hablar de los secuestros a los que se dedicaba el MRTA.

Hay material al respecto. Por ejemplo en el libro Las Chekas de Lima de Víctor de la Torre, que cuenta el secuestro de su padre.

Muchos de esos raptos, que tenían como fin recaudar dinero, ponían en riesgo la vida de las víctimas. Se les confinaba a estar en situaciones humillantes y lesivas con sus derechos humanos.

Pero La Serna se queda con la explicación que dan los del MRTA: eran empresarios enemigos, de la revolución, no eran 'población civil'. 

De acuerdo al Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, esta práctica empezó en 1984 con el banquero piurano José Onrubia Romero. 

"Durante su cautiverio, los empresarios permanecían ocultos en las llamadas "cárceles del pueblo"- espacios de reducidas dimensiones e insalubres- siendo vigilados constantemente", se lee en ese documento.

 La pelea por la imagen

La Serna hace énfasis que el MRTA se preocupaba por diferenciarse de Sendero Luminoso. Se sentían, como su nombre lo hace notar, herederos de Tupac Amaru. 

Para ello, mostraban un rostro más afable hacia la prensa, obsesionándose en detalles como el robo de la primera bandera del Perú. 

Pero La Serna casi no menciona las víctimas que tiene en su haber el MRTA desde muy temprano en su actuar. 

Según La Serna, un hecho que hizo tambalear la imagen, según él positiva, del MRTA fue el asesinato del general Enrique López Albújar, hijo del escritor del mismo nombre.

Sobre el militar, La Serna escribe "La contrainsurgencia (contra el MRTA) fue en gran parte obra de Enrique López Albújar, ministro de Defensa, cuyo padre había sido un famoso escritor indigenista, autor de famosos relatos y poemas sobre la vida andina que inspiraban empatía y compasión. Enrique hijo tenía una vocación muy diferente. (...) Tenía el rostro severo de un hombre que daba órdenes y esperaba que se cumplieran".

Si de Lori Berenson nos enteramos que actuó de niña en el musical Annie, La Serna nos priva de saber de qué actuó López Albújar en el nido. Más importante para él es señalar el semblante severo del general.

También esa comparación entre padre e hijo es gratuita. El escritor también ejerció de juez - es más, muchos de sus obras se inspiran en casos legales que observó desde esa posición -, por lo que sería más justo hablar de qué seño tenía éste al dictar sentencia que en hablar de la empatía que generaban sus cuentos.

Es válido preguntar a qué viene esa comparación. Pareciere una forma de deshumanizar al militar que supo combatir al MRTA y ponerle paños fríos a su asesinato.

Este acto terrorista fue realizado en enero de 1990 cuando ya López Albújar era un militar en


retiro y la población conocía de sobra los atentados, secuestros y extorsiones que cometían los emerretistas. 

Para contrarrestar la mala prensa que le provocó al MRTA este hecho sangriento, en el relato de La Serna, es que se produjo la fuga por el túnel unos meses después.

El investigador se contradice, pues también señala que este proyecto había empezado en 1987. 

Es más, hace un minucioso recuento de cómo se las ingeniaron los terroristas para construir el túnel.

 Pero en el último penúltima línea del capítulo dedicado a él desliza la idea de que pudo haber habido permisibilidad de parte del gobierno saliente del Apra.

Es una especulación forzada que no sustenta, a la que añade algún adjetivo descalificador hacia ese gobierno democrático. Digamos que esas líneas las escribió su antipatía hacia el partido de la estrella. 

Asimismo, una romantización antojadiza es cuando achaca a la santa popular Sarita Colonia el éxito de la fuga. Ello linda con la propaganda. Una licencia literaria que, supongo inconscientemente, muestra una simpatía hacia los terroristas.

Homófobos, pero no tanto

Un tema que le interesa a La Serna es el de la lucha por la igualdad de género dentro del MRTA. 

Critica cómo los miembros varones de este grupo terrorista querían aprovecharse de sus cómplices mujeres.

Pero lo que más destaca el autor es cómo las mujeres buscaban la igualdad frente a sus secuaces: pidiendo participar en más atentados o en los frentes guerrilleros y en el uso de más armas.

También habla de su desconexión respecto a los pueblos amazónicos originarios y su poco respeto con sus tradiciones. Es un aporte válido ya transitado por otros investigadores.

No obstante, es algo vago su relato sobre los crímenes de odio contra la comunidad LGTB que cometió el MRTA.

Se la achaca a jefes locales como Sístero García Torres, quienes no cumplían las directivas de los altos mandos como Víctor Polay, Peter Cárdenas o Néstor Cerpa, y que ejercían con prepotencia su poder en la selva.

El caso más emblemático es el del Bar Las Gardenias de la ciudad de Tarapoto.

La lógica detrás era eliminar a personas que la sociedad marginaba como los homosexuales para así ganarse a la población. No parece contradecir a la obsesión del MRTA por los golpes de efecto para conseguir adeptos y granjearse simpatías.

Pero La Serna, buscando dar contexto al asesinato de homosexuales por parte de las huestes del MRTA, habla de la "hipermasculinidad producto de la Guerra Fría".  

"Sin duda, la izquierda no estaba sola, ya que los crímenes de los grupos de derecha y de las fuerzas de seguridad del Estado contra la comunidad LGTBQ fueron también atroces y a menudo más sistemático en este periodo", aduce.

Recuerda esa garrafal metida de pata de Jorge Trelles, vocero fujimorista, cuando dijo "nosotros matamos menos", pero con más palabras rimbombantes. 

Lo concreto, para el Perú, es que durante la época del terrorismo, tanto Sendero Luminoso como el MRTA mataron a miembros de esa comunidad LGTBQ por su identidad sexual. 

Deslizar la idea que las Fuerzas Armadas o la Policía haya tenido un comportamiento similar es gratuito. No menciona fuente, al menos. Ni el Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación consigna nada en el sentido que le da La Serna.  

El repechaje

"A ninguno de los grandes enemigos del MRTA le fue bien después de la guerra" escribe La Serna en el último capítulo.

En sus últimas páginas hace un recuento caprichoso sobre el destino los gobernantes que combatieron a estos terroristas.

Es otra vez una justificación que quiere equiparar el actuar del Estado defendiendo a la sociedad con las acciones de un grupo alzado en armas.

Lo peor es usar el suicidio de Alan García para volver La Serna a regodearse en su antiaprismo. Hay límites hasta para la rivalidad política. 

Entre esos "grandes enemigos" se olvidó mencionar a López Albújar, quien de acuerdo al libro de La Serna fue responsable de que el MRTA no creciera como lo llegó a hacer Sendero Luminoso.

El general, asesinado cobardemente por los emerretistas, es recordado como un mártir de la democracia. Mientras, los subversivos que le dieron muerte, nunca alcanzaron su objetivo de tomar el poder.

No importa cómo cuenten la historia. El MRTA fracasó. 

Colofón

Las líneas que acabo de escribir van a tener una respuesta fácil: es terruqueo.

No, no lo es. No estoy llamando terrorista o terruco a nadie que no lo sea.

Mi intención es rebatir un relato que, considero, distorsiona la historia y es complaciente con los subversivos. 

miércoles, agosto 30, 2023

La impunidad de los cobardes


Entierro de víctimas de Sendero en comunidad de Soras

Hace algo más de 20 años se formó la Comisión de la Verdad (CVR), a la que después se le añadió el apellido de "y Reconciliación".

La idea era, como entendió un grueso de la población, dar luces sobre los años del terrorismo, en las que Sendero Luminoso y el MRTA cometieron atroces violaciones de los derechos humanos y buscaron amedrentar a la ciudadanía que no compartía su forma de pensar.

Su Informe Final - del cual hay una versión abreviada y otra extendida - debía ayudarnos a reconciliarnos entre peruanos. Al menos esa era la propaganda que tenía.

Se acaban de celebrar 20 años de la entrega pública de ese documento, y lo que se constata es que no se lograron sus premisas.

Un miserable que trabajó para la CVR se ha permitido sugerir que una dolorosa muerte para el Partido Aprista, la del c. Rodrigo Franco, fue perpetrada por sus propios compañeros. 

Él sabe, como todos los que conocen el caso, que fue Sendero Luminoso, pero más réditos da repetir infamias. 

Que revise el informe en el que dice que trabajó - o al menos cobró por decir que trabajaba en él - y se dará cuenta cómo la Policía señaló y capturó a los aparentes culpables - todos relacionados con Sendero Luminoso - pero que fueron condenados por otros motivos, menos el del asesinato del joven dirigente aprista. Un crimen impune.

Pero no es la única persona que ha tomado la ocasión como oportunidad para descalificar al adversario, al que no toma a la CVR como Santa Palabra. Un funcionario estatal ha inventado la versión de que a los apristas nos mataron entre 1985 y 1990 como venganza por el develamiento del motín de los penales de 1986. 

Siendo historiador, olvida los incontables martirologios que sufrió el Partido del Pueblo en manos de los cobardes terroristas. Viene a mi mente los casos de los alcaldes de Tingo María y Aucayacu, producidas en 1984.

El fraseo que usa también se presta para la confusión. Algunos lo han interpretado como una justificación del sistemático aniquilamiento que padecieron los militantes y líderes del Partido Aprista. Yo en ese punto quiero darle el beneficio de la duda. No supo expresarse, espero.

Ataques y descalificaciones hacia quienes tienen reparos con la CVR hubo en estos días muchos más. Y la reconciliación no asomó para nada.

Yo quiero hacer el ejercicio inverso al de ellos, cerrados en su dogmatismo. Hay un texto de Rafael Salgado publicado en la semana al que quiero contestar.

Para quienes no lo conocen, él es hijo de un emerretista muerto en extrañas circunstancias en 1993. No lo digo para estigmatizarlo, él ya lo ha contado en varias ocasiones y tiene un libro testimonial al respecto.

Él habla sobre el terruqueo como una mancha que le ha perjudicado su vida. Solo puedo decir que el pecado de los padres no hace pecadores a los hijos y su descendencia. 

Sobre cómo relaciona los años del terrorismo con la fragilidad del actual gobierno y lo que él llama régimen neoliberal no me voy a pronunciar, pues creo que no ha hilado con claridad sus ideas.

Pero lo que sí quiero tomar de su texto es la idea de impunidad. Él se refiere al caso de su padre, pero el concepto va más allá.

En el documental 1214 No tememos a los cobardes, que dirigí con Hernán Hurtado y produjo Hernán Garrido Lecca, una constante de los entrevistados, deudos de apristas asesinados por Sendero, es que no se condenó a los actores materiales.

Eso se repite en la segunda parte que estoy dirigiendo en solitario y con la producción de Garrido Lecca. Más de 30 años y no saben quiénes fueron los que apretaron el gatillo. Sí, impunidad.

Un abogado dedicado a litigar este tipo de temas twitteo que gracias a la CVR se había condenado a los culpables de las masacres de Barrios Altos y La Cantuta. 

Le respondo que igual empeño hubieran puesto en las matanzas de Soras, Lucanamarca o Las Gardenias, ejecutadas por Sendero Luminoso y MRTA. 

Salió por la tangente, que Abimael y su cúpula estaban condenados por Lucanamarca. 

No, así no. ¿Quiénes dispararon, degollaron, se ensañaron con esos crímenes? Eso queremos saber.

Sobre Barrios Altos y La Cantuta no se limitaron a Fujimori y Montesinos, se procesó a toda la cadena de mando, o lo que se pudo saber de ella.

¿En todos estos años no han podido dar con los asesinos de Marcial Capelletti, padre de mi amigo Andrés? Los asesinos lo ajusticiaron a plena luz del día, en una clase en la Universidad Nacional San Cristobal de Huamanga, y salieron caminando. 


Todos los casos que he entrevistado me han dicho, palabras más, palabras menos, que no saben quién lo hizo o mandó a hacer. Solo hay una excepción que tiene la certeza del actor intelectual. El resto, sus casos están archivados o no tienen pista alguna.

Y así hay varios casos más. No solo de victimas apristas, sino de diferentes tiendas políticas.

Contra esa impunidad debemos luchar. Que tengan un poco de paz los familiares que les sobrevivieron y que sepan que la justicia de su país los escuchó.

Salgado dice que sin conocer historias como la suya no se comprenderá lo que sucedió en aquellos años. Con ese afán, leí su libro.

Lo invito a que también conozca esas otras historias que han ido cubriéndose en un manto de olvido para la ciudadanía y también para la academia. Ese lado casi no mencionado, la de los familiares de víctimas del terrorismo. 

Repito, él no es el culpable de lo que haya hecho su padre. Pero si no ve el otro lado de la moneda, no entenderá, usando palabras suyas, "toda la complejidad de lo ocurrido".

domingo, marzo 26, 2023

No al terruqueo o el arte de esconder a los terrucos en el armario

Viñeta del libro Rupay 
de Alfredo Villar y 
Jesús Cossio

Desde hace un tiempo, se ha dado una especie de paranoia en el Perú. Hay un grupo de palabras con la misma raíz que están prohibidas de ser usadas: terrorista, terrorismo, terruco. 

El que las emplee corre el riesgo de ser llamado racista, fascista, clasista o cualquier calificativo de esa índole. El empleo de estas palabras tabús es calificado de terruqueo. 

Lo digo porque leo a varios amigos, conocidos y personas relacionadas a la cultura, cada vez con mayor frecuencia, caer en este sofisma. 

Un buen pata recomendaba en sus redes sociales un artículo de Gerardo Saravia en Ideele, y refería que vivíamos en una época de terruqueo para llamar la atención.

Me ganó la curiosidad y leí la columna de Saravia.

Era un comentario sobre una novela sobre la época del terrorismo que acaba de ser publicada. 

En el texto se destacan algunos aspectos formales del libro que, como no lo he leído, no podría opinar.

Sin embargo, tocó algunos temas que me llamaron la atención. El principal: que se afirmara que la versión de los subversivos no se conociera, que se les estigmatizara y no se contara sus motivaciones. 

Según Saravia, la mirada dominante es la que deshumaniza a los terroristas de Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA). Pero no lo dice exactamente así. 

Él evita con mucho cuidado decir las palabras tabús. No habla de terroristas sino de combatientes o cualquier eufemismo similar. 

Allí está una de las consecuencias de la campaña contra el terruqueo: por arte de magia, desaparecen los terroristas.

Pero no, no es cierto en realidad. Allí están, siguen allí, solo que con otro nombre.

Detrás del terruqueo
¿Cómo les diríamos a los encargados de dar los tiros de gracias en los asesinatos selectivos? ¿Qué palabra describiría a quienes diseñaron y dirigieron tantos atentados que afectaron al país? ¿Qué término quieren que usemos para los sanguinarios culpables de la masacre de Lucanamarca? ¿Cómo quieren que llame a los asesinos de los al menos 1214 de mis compañeros apristas?

Lo pregunto porque pertenezco a una colectividad, los militantes apristas, que sufrió el ensañamiento de los grupos terroristas Sendero Luminoso y MRTA. 

Entiendo el pedido de Saravia de dar voz a los diferentes actores de lo que él llama asépticamente conflicto armado interno y que otros identificamos como la época del terrorismo. Pero se equivoca en decir que la visión de los subversivos es ignorada o silenciada.

Solo en el cine comercial que él menciona se encuentran un buen número de casos en que se intenta salir de la dicotomía que plantea Saravia de "el estereotipo del sujeto desalmado" en contraposición de "militante heroico, indoblegable ante las fuerzas del Estado". "En ambos casos cuesta reconocer al humano cotidiano y sus vicisitudes", dice. 

Pero uno ve La última tarde de Joel Calero, por poner un ejemplo de una película lograda que me agrada, y descubre que lo que dice Saravia no es cierto, o al menos no es exacto.

Por coincidencia, en estos meses estuve leyendo memorias sobre esa época trágica para nuestro país. 

Algunos títulos que me vienen a la mente: Las chekas de Lima de Víctor de la Torre, sobre el secuestro que padeciera su padre - homónimo suyo - a manos del MRTA; Los rendidos de José Carlos Agüero, donde reflexiona sobre su condición de hijo de dos senderistas; De silencios y otros ruidos de Rafael Salgado, sobre su experiencia de hijo de un emerretista; Rehén por siempre de Luis Giampietri, acerca de su experiencia como secuestrado en la casa del embajador de Japón, Chavín de Huantar. El legado de César Astudillo, sobre la operación de rescate de los secuestrados de la embajada.

Seguro me olvido algún título más que he leído recientemente. Pero lo que noto es que hay variedad de testimonios. 

Otro hecho que noto, es que mayor atención mediática y académica reciben los libros que tratan de ese espectro que Saravia dice que se invisibiliza. Estoy seguro que muchos más artículos y comentarios ha recibido el libro de Agüero que el de de la Torre, por ejemplo. 

Incluso en libros como el de Giampietri, quien con todo derecho podría descalificar a sus secuestradores y pintarlos de forma estereotipada, hay pinceladas en que habla de las motivaciones mundanas de los terroristas del MRTA. Por ejemplo, uno anhelaba, con el dinero del posible rescate, poner una bodeguita.

Campaña de censura
A esto se suma una campañita que ha reclutado a gente de letras y periodistas, organizada por una ONG, que piden no caer en lo que ellos llaman "terruqueo", porque es anular políticamente a ciertas personas racializadas.

Pero aquí hay una trampa. A María Elena Moyano, para no mencionar un caso de mi partido, ¿no se le "anuló" políticamente cuando la dinamitaron? ¿No se está invirtiendo la lógica que debería primar? ¿No condenamos a los terroristas y sus actos, sino que se les diga terroristas?

Claro que me opongo que a cualquier protesta se le estigmatice con el mote de terrorista. Pero negar el actuar terrorista de algunos infiltrados en ellas es de una ceguera que recuerda cuando se minimizaba a la subversión calificándolos de abigeos. 

Es más, me recuerda a la novela de George Orwell 1984, en que se impone la neolengua para alterar la percepción de la realidad. Por borrar la palabra terrorista del diccionario, no se logrará desaparecer el dolor que causaron los senderistas y emerretistas. 

Pero démosle una vuelta al asunto. No solo se nos quiere prohibir una palabra, sino el estigmatizar la memoria. 1214 apristas muertos por los terroristas. Pero de ellos nos están vetando hablar. O de los asesinatos a la población LGTB cometidos por el MRTA. No existen. No se le puede decir terrorista al terrorista.  

En medios apristas se ha acuñado un ingenioso término para estas personas que no quieren que se mencione la palabra terrorista ni ninguno de sus derivados: protuco. 

"Al desaparecer el verdugo, desaparece la víctima", parece que es el razonamiento de quienes quieren prohibirnos hablar de terrorismo y de sus asesinados. Pero qué hacemos con sus deudos, con sus familiares, con quienes lloran la ausencia de un hermano, un padre, una madre, un hijo. 

Esa campañita contra el terruqueo es solo la imposición de la amnesia, de la memoria selectiva. Es, en suma, censura. 


viernes, octubre 08, 2021

Terrorismo y memoria: el juego de las narrativas


 Hace unos días se realizó un conversatorio sobre memorias entre Rocío Silva Santisteban, Eduardo González Cueva y Eduardo Cáceres auspiciado por un membrete de izquierda.

Los tres coincidían en mayor o menor medida que la época del terrorismo - que ellos califican de 'conflicto armado interno' - es el centro de una pelea por la hegemonía de quién impone su versión de los hechos.

Cáceres, tal vez el más alturado del trío, dice que habría que buscar que estos relatos dialoguen y se resistía a llamarlos memoria.

Puedo darles la razón en parte en estos postulados. Lo que creo que se equivocan es cuando aseguran que toda memoria, relato o como quieran llamarlo, no es el que ellos tienen es de derecha, y además es hegemónico.

González Cueva llega a caricaturizar las posiciones contrarias a la suya como de hispanistas que añoran la Colonia.

Silva Santisteban pone en el mismo saco los penosos casos de las esterilizaciones forzadas y la reforma agraria del tirano Juan Velasco Alvarado con la época en que la sociedad peruana fue atacada por los cobardes asesinos de Sendero Luminoso y MRTA.

Opino que están errando en sus apreciaciones. Están invisibilizando a una parte importante de la izquierda que sufrió los embates de Sendero Luminoso y MRTA: el Partido Aprista Peruano.

Y no solo al PAP, sino a los demás agrupaciones políticas.

Muertes invisibles

Me llamó la atención, por ejemplo, que la ex congresista Silva Santisteban resalta que deudos de las víctimas de la violencia como Indira Huillca o de Vladimir Cerrón, que son, de acuerdo a la poeta, insultados por sus tragedias familiares. 

Sin embargo, pasa por algo las críticas, muchas veces malintencionadas, que le hacen a la congresista fujimorista Martha Moyano, para dar un caso que no tiene relación con el Apra.

Otro caso, este sí del PAP, es el de Andrés Capelletti, quien quedó huérfano de su padre Marcial Capelletti, dirigente aprista de Ayacucho. 

Él está realizando una fuerte actividad política en los últimos meses. Consecuencia de ello, ha sido amenazado de muerte. 

Rocío Silva Santisteban subraya que ella opina desde su propia experiencia, que ha sido terruqueada e insultada.

Le respondo desde mi experiencia también. Yo he sido insultado, he perdido amigos, acosado en redes, sido censurado, solo por rescatar la memoria aprista en el documental 1214 No tememos a los cobardes, película que dirigí con Hernán Hurtado y produjo Hernán Garrido Lecca.

Ella se queja de la muestra de Karen Bernedo, que se presentaba en el Lugar de la Memoria, la Tolerancia e Inclusión Social (LUM).

Esta exposición, sobre la que escribí un artículo, fue censurada por el entonces ministro de Cultura Salvador del Solar y provocó la salida de Guillermo Nugent de este museo. 

Mi opinión es que del Solar mostró su entraña autoritaria en este caso, la cual se evidenció más en su apoyo al cierre del Congreso del 30 de abril de 2019. 

Pero Silva Santisteban no dedica ni una palabra al impasse que tuvo el documental sobre víctimas apristas en el mismo Lugar de la Memoria. Eso sucedió hace poco, el 8 de julio de este año.

Es cierto que luego de frustrado el estreno a través de esta institución llamada a recordar a las víctimas, recibimos disculpas de los funcionarios y se reprogramó un par de meses después. 

Pero ese caso para ella no existió. No hubo solidaridad ni de Eduardo González Cueva ni de ella. No sé sobre Eduardo Cáceres, a quién no sigo en redes. 

Silva Santisteban indica que que sobre los "asesinos" (término usado por ella para los terroristas y con el que estoy de acuerdo) falta que se incluya su versión en el LUM. 

De acuerdo a ella, es un pendiente para que la gente no olvide lo que sucedió y sepa quién es Abimael Guzmán. No estoy seguro que sea el lugar ideal para ello. 

No recuerdo que en el Museo de la Memoria y Derechos Humanos de Santiago de Chile recojan la versión de los pinochetistas.

Lo que sí es claro que para ella la versión que puedan tener los apristas no merece estar en el LUM (curiosamente hecho durante el exitoso segundo gobierno de Alan García e inaugurado en los primeros meses del gobierno de Ollanta Humala).

Los vencedores fueron los vencidos

 Un dato que no quiero dejar pasar es la explicación que da Eduardo González Cueva sobre el motivo de la Comisión de la Verdad y Reconciliación.

Según su versión, se trataba de desmontar la versión de que el terrorismo había sido derrotado por las Fuerzas Armadas, que esa "narrativa" era la impuesta por el fujimorismo por justificar el autogolpe del 5 de abril.

No voy a justificar al régimen de Fujimori, el cual persiguió al Apra y a Alan García, pero no puedo dejar de reconocer el logro de la Policía y las Fuerzas Armadas por reducir a una mínima expresión al terrorismo del MRTA y Sendero Luminoso.

Eduardo Cáceres dice en su participación que los hechos están allí, que no se pueden obviar. 

El MRTA, hasta la toma de la embajada en 1996 y algo después estuvo militarmente activo. 

Una facción de Sendero Luminoso leal a Abimael Guzmán también estaba alzada en armas en el Huallaga hasta la caída de Artemio en 2012 en el gobierno de Ollanta Humala, pero ya languidecía desde fines de los años 90.

Lo que existe en el Vraem ya no guarda lealtad con lo que fue Sendero Luminoso y tiene incluso otro nombre, Militarizado Partido Comunista del Perú. 

Aún hubo un cochebomba en junio del 2002, en El Polo, en el gobierno de Alejandro Toledo, donde falleciera el padre de una amiga mía. 

Se pueden precisar algunas cosas, pero lo cierto es que el esfuerzo de Policía, Fuerzas Armadas y los comités de autodefensas lograron que la violencia que sufrió la sociedad peruana por parte de Sendero Luminoso y el MRTA entre 1980 e inicios de la década de 1990 se redujera a su mínima expresión.

Parafraseando a Cáceres, los hechos están allí. El Apra fue el partido con más mártires entregados a la democracia. Pero los demás partidos democráticos también los tuvieron.

Rescatemos esa historia que nos une. No distorsionemos lo sucedido. Y como escribiera en una pizarra María Elías de Huapaya, una vez que atentaran contra su casa: "NO TEMEMOS A LOS COBARDES".

¿Quieren hechos? Dentro de dos días se cumple un aniversario más en que cobardes terroristas de Sendero Luminoso la asesinaran delante de su esposo. 




martes, septiembre 27, 2011

Abel contra Abel

(Comentario que publiqué en el diario El Peruano en junio de 2006)
Las primeras imágenes de la película muestran a Ana (Jackelin Vásquez), una efectivo del Ejército, y Eva (Urpi Gibbons), una sospechosa de sedición, se encuentran en medio del fragor de la guerra interna. Las dos se reconocen, mientras a su alrededor un grupo de subversivos trata de tomar una base militar.


El resto de la película muestra el camino que tuvieron que transitar estas dos amigas de la infancia para encontrarse en esa situación. Otra cinta reciente que utilizó una idea similar – enfrentar a dos personajes muy unidos en la infancia para graficar la violencia política – fue Vidas paralelas. Se trata de un argumento arquetípico que, bien planteado, puede funcionar para una película. Sin embargo, el potencial de esta idea no es suficientemente explotada en el presente filme.


Un problema es el guión. Los diálogos en muchas ocasiones son ingenuos y expositivos. Un ejemplo son las líneas que les toca a las compañeras de Ana en su trabajo de interceptación telefónica, o el de ella misma cuando se acerca a los niños de su pueblo.


Otro problema es el juntar tantos elementos de nuestra historia reciente sin encajar en todos los casos. Tal vez por este intento de abarcar tanto es que el personaje de Ana se le trate por ratos de policía y en otros momentos de militar.


El director ha buscado sugerir a través de algunos detalles fuera del primer plano. Por ejemplo, la foto de Escrivá de Balaguer en las escenas de la familia de Eva hablan de su particular religiosidad, o las imágenes de Mickey Mouse en el dormitorio de Ana – tanto en Lima como en su pueblo – dan pistas sobre un ser tierno debajo de los usos rudos de una soldado. Es una cinta irregular, con algunas actuaciones eficientes pero la mayor parte no tanto, y que pudo ofrecer algo más.


Ficha técnica
Illary
Dirige Nilo Pereira
Actúan Jackelin Vásquez, Urpi Gibbons, Baldomero Cáceres, Pilar Brescia y Gustavo Bueno, entre otros.



(video tomado de http://visorperu.com/cine-peru)
Película Illary por Visorperu

viernes, marzo 25, 2011

Si quieres ser un héroe

Younger (Michael Sheen), un ex militar de Estados Unidos convertido en fundamentalista islámico, ha colocado unas cuantas bombas nucleares a lo largo de su país. Amenaza con explotarlas si no satisfacen sus demandas. H (Samuel L. Jackson), un agente encubierto, y Helen Brody del FBI (Carrie-Ann Moss) deben interrogarlo para que diga donde están desplegando una estrategia del policía bueno y policía malo llevada a la n potencia.

La cinta se plantea como reflexión sobre los extremos que se deben llegar para enfrentarse al mal. El personaje de Jackson, un experto en torturas, es sádico, se pretende cínico aunque vive convencido de actuar por un bien superior. Su eventual compañera sólo comparte con él esta última característica y ser del mismo bando. Ella intenta actuar de acuerdo a las reglas, aunque se deje ganar por la emoción. En la otra orilla, el terrorista aprovecha para jugar con ellos.

Cabe señalar que los personajes de Jackson y Michael Sheen son los que más consistencia tienen. El resto, incluido la de la coprotagonista Carrie Ann Moss, son huecos y sin conflicto. Otro punto en contra es lo poco trabajada de la trama, en la que todo es excusa para una explosión de la violencia más sanguinolenta.
La película está dentro de esa corriente de obras post 11 de setiembre en la que el recelo a lo musulmán y el miedo a un nuevo megaatentado se cruzan. No son gratuitas las constantes imágenes en las que el terrorista luce como los prisioneros de la tristemente célebre cárcel de Abu Grhaib.

El filme es ideológicamente repulsivo por su inclinación a presentar a quienes defienden los métodos legales en la lucha contra el terrorismo como pusilánimes, mientras que se esmera en justificar la tortura y la violencia. “¿Cuántas vidas han salvado los valores?” se pregunta el torturador en un momento. Por el inesperado final, la respuesta que nos quieren obligar a dar es cero.

Ficha técnica
El día del juicio final (Unthinkable)
Dirige Gregor Jordan
Actúan Carrie-Ane Moss, Michael Sheen, Samuel L. Jackson, Martin Donovan, Brandon Routh




lunes, septiembre 29, 2008

“Entendido, papa Charlie”


Felipe (Óscar López Arias) y Sixto (Renzo Schuller) son amigos desde niños. Pero su mundo cambiará dramáticamente luego de una incursión senderista en su pueblo natal de la sierra. A partir de allí, ambos seguirán caminos diferentes. Felipe es adoptado por un militar, mientras que Sixto lo será por un líder terrorista, imitando después cada uno el modelo de su nuevo padre. Años después de su separación, se vuelven a ver pero como enemigos.


Un rasgo que distingue a este filme de la mayoría de cintas sobre la violencia política es el tomar decidido partido por uno de los protagonistas del conflicto interno, el Ejército Peruano. Sin embargo, esto no significa que sea una película que – salvo por sus últimos minutos – caiga en un maniqueísmo demasiado evidente.


Entre lo mejor que presenta están las escenas de acción de un acabado muy verista. Otro pilar de la cinta son las interpretaciones de los papeles principales, entre las que destaca la de López Arias encarnando a un joven oficial. Pero el buen desempeño de los actores protagonistas no oculta ciertas debilidades del guión y de varios secundarios.


La parte menos lograda del filme corresponde a un largo juicio casi al final ambientado en el año 2003. La principal dificultad de dicha parte es lo expositivo que son los parlamentos y lo forzadamente parcializados. Momentos más tarde se hace más patente lo floja de estas escenas cuando unos enigmáticos dibujos que viajan de mano en mano expresen mejor el mensaje de “no bajar la guardia”.


Imperdible la escena del camarada Teodoro – padre adoptivo de Schuller – cantando La flor de Retama.

Ficha técnica
Vidas paralelas
Dirigida por Roció Lladó
Actúan Óscar López Arias, Renzo Schuller, Jimena Lindo, Fernando Vásquez, Paul Ramírez y otros.

lunes, octubre 15, 2007

Sendero personal


Santiago Roncagliolo, escritor
Su última entrega busca hacer un perfil de uno de los personajes más controvertidos de las últimas décadas en el Perú: Abimael Guzmán

Desde hace poco La cuarta espada, el último libro de Santiago Roncagliolo, está circulando en las librerías peruanas. En él aborda uno de los episodios más difíciles de la historia reciente del Perú: Abimael Guzmán y su movimiento terrorista Sendero Luminoso. Su particular forma de abordar este tema le ha valido ya algunas críticas. En esta entrevista responde a ellas y comenta sobre su trabajo de investigación.
¿Qué es lo que más le ha llamado la atención en su investigación sobre Abimael?
- Son dos cosas. El que nunca llora. Ni sus hermanos, ni Elena Iparraguirre, ni los militares ni nadie recuerda haberlo visto llorar. Lo otro que me extraña es como él no se concibe fuera de Sendero Luminoso. No cree que haya tenido una vida personal ni nada que merezca decirse fuera de Sendero Luminoso. Incluso nunca usa el “yo”, siempre usa el “nosotros”. O se refiere a si mismo con el nombre de los órganos del partido que él dirigía. Casi como queriendo desaparecer como individuo dentro de su organización terrorista.
Cuenta en su libro que el diario El País titular un artículo tuyo sobre Abimael como “El loco más peligroso de América Latina”, lo que le generó problemas con sus fuentes. ¿Está en contra de este titular?
- El editor hizo su trabajo, buscar un titular interesante y no preocuparse de mis fuentes. Yo tuve que desmarcarme de ese titular porque perdí fuentes, entre ellos los suegros de Guzmán.
¿Pero ese titular refleja lo que piensas sobre él?
- Yo no pienso que esté loco, en realidad. Creo que cuando decimos que está loco es una forma de evitar pensar qué hay más allá. Cuando uno está loco, ya las cosas no son tu responsabilidad, son algo natural. Pero Guzmán tenía un sentido de la realidad y de la estrategia muy agudo. Y como no estaba loco, es responsable de sus actos y merece una pena de cárcel y no un tratamiento.
¿Cuál es la relación entre Abril rojo y este libro?
- Yo escribí primero Abril rojo. Pero algo me decía que la historia real era más escalofriante de lo que me podía imaginar. Abril rojo fue un empujón de interés hacia este libro.
En ambos libros narras la historia de una mujer que busca en las quebradas a su hijo desaparecido. ¿Esto lo tenías desde antes?
- Recuerdo esa historia de cuando trabajaba en la Defensoría del Pueblo. Yo tuve que entrevistar a esta mujer. Es curioso cómo la violencia del terrorismo alimentó a la del Estado, y la del Estado alimentó al terrorismo. Desde la perspectiva de los civiles los dos extremos, lejos de ser enemigos, se hacían el juego y justificaban la existencia mutuamente.
¿Cuál considera más personal? ¿Abril rojo o La cuarta espada?
- Yo prefiero este libro a Abril rojo. La violencia en mi anterior novela era ficticia, la iba descubriendo conforme iba investigando los crímenes. No tenía que encararlo tan directo. En cambio La cuarta espada todo lo que cuento es real. Creo que es mi mejor novela porque es real.
¿La considera novela?
- Es una novela en el sentido de A sangre fría de Truman Capote. Pero no es un libro periodístico de actualidad. Cuenta una historia que puedes leer aunque vivas en Birmania o Rusia, pues te habla del poder y la violencia. Si todos los personajes fueran ficticios seguirían funcionando igual.
¿No considera que comparar el uso de la ideología de los senderistas con La Fuerza de Luke Skywalker es banalizar el tema?
- No, son ejemplos didácticos. Yo no escribo sólo para un público peruano. Mis libros se traducen a unos doce idiomas. Necesito que sea muy claro qué es lo que pasó. Necesito usar referentes de cultura popular, muy simples y directos. Precisamente para que no se banalice, para que se lea la intensidad de lo que ocurrió.
¿Seguirá tratando el tema de la guerra interna?
- No, éste es el último. Yo siempre digo que la terapia ha terminado. Ha sido un trabajo muy personal porque también ha sido mi historia. Es una historia personal.
En el libro dice que lo escribes por dinero y se le ha criticado de oportunista. ¿Qué contesta a eso?
- Lo que me interesaba decir en ese párrafo era exponer qué era lo que podía vender a un gran periódico (El País de España). El dinero no era lo que me interesaba, que no era mucho. Lo importante al principio de esta historia era publicar un reportaje en un gran periódico. Cuando tienes una reunión con el editor de un gran periódico no tienes mucho tiempo ni muchas opciones. Debes tener una buena idea. Yo era peruano, así que no tenía posibilidad de ofrecer temas españoles. Había sido el 11-M, entonces había interés en el terrorismo. Eso es como empezó la historia y está dicho en la página 23 del libro. Las restantes doscientos cincuenta páginas se dedican a ver cómo no era una rutinaria historia de trabajo. Me gustaría que los críticos se leyeran el libro entero antes de criticar, es un mínimo de educación.
Se repite siempre que usted afirma que recién se está haciendo literatura sobre la guerra interna.
- No, eso no lo he dicho nunca. Hay literatura sobre la guerra interna desde los años ochenta. Lo que ha cambiado creo es la actitud del Perú, y en particular de Lima. Creo que la gente durante los 90 no quería ver, no quería mirar, lo tenía muy fresco. Hay una población ávida por saber que ya se siente más segura. Pero durante muchos años ha habido escritores tratando este tema como Luis Nieto Degregori, Oscar Colchado, Miguel Gutiérrez.
(Foto: EFE)