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viernes, agosto 21, 2026

El derecho a debatir la memoria: Apuntes a una columna de Ronald Gamarra


En el reciente número de Hildebrandt en sus trece, el abogado Ronald Gamarra publica una columna sobre el Lugar de la Memoria. En ella escibe "Hay algo que los trogloditas nunca entienden: que la memoria no se administra, se venera; no se decreta, se hereda".

Te felicito, Ronald, por tu feroz autocrítica, pero yo no te calificaría de “troglodita”. Es cierto: la memoria no se decreta. Precisamente por eso, ni la propuesta museográfica del LUM ni el Informe Final de la Comisión de la Verdad son dogmas de fe que debamos aceptar a pie juntillas.

El propio presidente de la Comisión de la Verdad y de la Reconciliación, Salomón Lerner Febres, señalaba que su trabajo podía ser puesto en debate. “Nuestro informe se ofreció al país como punto de partida, y perfeccionarlo será siempre legítimo; pero perfeccionar no es amputar ni desfigurar”, señaló textualmente en un artículo reciente.

Estamos de acuerdo. Ni el Estado ni ningún grupo en particular tienen el monopolio de la memoria.

Lo que chirría es ese “se hereda”. ¿Quién la hereda y, sobre todo, quién decide qué se hereda? Pero no solo eso. ¿“Se venera”? Si con “memoria” te refieres al respeto debido a las víctimas, estamos de acuerdo. Pero si te refieres a una determinada narrativa histórica, la cosa cambia. ¿De qué memoria estamos hablando, Ronald?

La memoria familiar puede transmitirse de generación en generación. Pero la memoria histórica también se investiga, se construye y se discute.

Podemos coincidir en que una víctima tiene autoridad moral sobre su propia experiencia, que nadie debería negar. Otra cosa es convertir esa experiencia en una interpretación general de la época del terrorismo que quede fuera del debate.

Dices que la memoria no se administra. Sin embargo, buena parte de tu columna está dedicada a discutir quién debe administrar la institución que conserva y transmite ciertas memorias. Son asuntos distintos, desde luego, aunque inevitablemente relacionados.

A mi juicio, es un debate secundario discutir si corresponde al Ministerio de Justicia o al Ministerio de Cultura encargarse del sitio. ¿Pero descalificar gratuitamente a quien piensa diferente? Como que te has pasado un par de pueblos.

Lo que más me perturba de tu columna son las sombras de intolerancia, seguramente involuntarias, que asoman entre líneas. Cuando una determinada memoria se presenta como algo que debe venerarse y se descalifica como ‘troglodita’ a quien la cuestiona, el debate empieza a enrarecerse peligrosamente.

Es pertinente recordar las palabras de Alan García al colocar la primera piedra del LUM: ‘Este lugar será una escuela de pensamiento para que todos los peruanos puedan reflexionar y desterrar la intolerancia que conduce siempre a la violencia y a la muerte’.

Harías bien, Ronald, en hacerle caso al presidente García: el LUM debía ser una escuela de pensamiento para desterrar la intolerancia. Eso incluye algo elemental: nadie tiene el monopolio de la memoria ni el derecho a establecer de antemano los límites del debate sobre nuestro pasado.

lunes, junio 30, 2025

Plomo o votos_La muerte en la política

Este domingo 29 se informó del fallecimiento de José Miguel Castro, pieza clave en el caso de corrupción admitida por la ex alcaldesa Susana Villarán.

La semana pasada tuvo, según se informó, una enésima reunión con el equipo fiscal que ve el caso. El resultado: aparentemente, nada.

No lo aceptaban ni como colaborador eficaz o cualquiera de las figuras legales que manejan. Y así, ya estaba años.

Este deceso, que algunos se apuran a decir que es suicidio a pesar de que lo que se sabe es que Castro murió de un corte en el cuello de 14 centímetros hecho con un cuchillo para el pan, crea una oscura sospecha sobre cómo la violencia puede inmiscuirse en la política peruana, sino se ha colado ya.

Se han mencionado, como antecedentes a esta rara muerte, los casos de una trabajadora del Congreso y el de un proveedor del Estado.

Pero el de Castro, apodado Budian por los corruptos de Odebrecht, es particular por el clima de violencia que se está viviendo en el país.

Lastimosamente se ha normalizado el asesinato de choferes de buses por extorsionadores, y ya no le dan tanto espacio en las noticias.

Para empeorar, en la coyuntura regional tenemos ejemplos de homicidios o intentos de ello a políticos en carrera electoral.

El candidato a presidente electoral ecuatoriano Fernando Villavicencio murió a tiros el 9 de agosto de 2023. Más cerca en el tiempo, Miguel Uribe Turbay, precandidato presidencial de Colombia, se debate entre la vida y la muerte desde hace unas semanas por una bala en la cabeza.

De comprobarse que lo sucedido con Castro ha sido un asesinato, cuando estamos ya formalmente en campaña electoral, sería echar sal a la herida de la ineficiencia gubernamental respecto a la seguridad ciudadana.

Lo concreto, lo palpable, es que un caso como el de Susana Villarán se ha dilatado un lapso de tiempo exagerado.

Se dieron todas las ventajas posibles a las empresas involucradas para retirarse del país o seguir en él bajo otros nombres.

La Fiscalía no tomó las previsiones para un caso de éste perfil. No se aseguraron de ponerle en algún régimen de colaboración, como sí lo han hecho en otros casos.

El criterio que ha seguido el Ministerio Público, al menos el que percibimos muchos ciudadanos, es que ha manejado de forma politizada los beneficios penitenciarios.

Estamos ya calentando motores para elegir a las principales autoridades políticas del país y no se aprecia un plan para reducir la violencia ni para que los órganos del sistema de justicia actúen fuera del sesgo de grupo.

En las décadas de 1980 y 1990 muchos fueron los alcaldes, regidores y demás autoridades de representación popular que sufrieron atentados y asesinatos por parte de los cobardes terroristas de Sendero Luminoso y MRTA.

No queremos que otra vez, el plomo intente imponerse a los votos.

 



miércoles, agosto 30, 2023

La impunidad de los cobardes


Entierro de víctimas de Sendero en comunidad de Soras

Hace algo más de 20 años se formó la Comisión de la Verdad (CVR), a la que después se le añadió el apellido de "y Reconciliación".

La idea era, como entendió un grueso de la población, dar luces sobre los años del terrorismo, en las que Sendero Luminoso y el MRTA cometieron atroces violaciones de los derechos humanos y buscaron amedrentar a la ciudadanía que no compartía su forma de pensar.

Su Informe Final - del cual hay una versión abreviada y otra extendida - debía ayudarnos a reconciliarnos entre peruanos. Al menos esa era la propaganda que tenía.

Se acaban de celebrar 20 años de la entrega pública de ese documento, y lo que se constata es que no se lograron sus premisas.

Un miserable que trabajó para la CVR se ha permitido sugerir que una dolorosa muerte para el Partido Aprista, la del c. Rodrigo Franco, fue perpetrada por sus propios compañeros. 

Él sabe, como todos los que conocen el caso, que fue Sendero Luminoso, pero más réditos da repetir infamias. 

Que revise el informe en el que dice que trabajó - o al menos cobró por decir que trabajaba en él - y se dará cuenta cómo la Policía señaló y capturó a los aparentes culpables - todos relacionados con Sendero Luminoso - pero que fueron condenados por otros motivos, menos el del asesinato del joven dirigente aprista. Un crimen impune.

Pero no es la única persona que ha tomado la ocasión como oportunidad para descalificar al adversario, al que no toma a la CVR como Santa Palabra. Un funcionario estatal ha inventado la versión de que a los apristas nos mataron entre 1985 y 1990 como venganza por el develamiento del motín de los penales de 1986. 

Siendo historiador, olvida los incontables martirologios que sufrió el Partido del Pueblo en manos de los cobardes terroristas. Viene a mi mente los casos de los alcaldes de Tingo María y Aucayacu, producidas en 1984.

El fraseo que usa también se presta para la confusión. Algunos lo han interpretado como una justificación del sistemático aniquilamiento que padecieron los militantes y líderes del Partido Aprista. Yo en ese punto quiero darle el beneficio de la duda. No supo expresarse, espero.

Ataques y descalificaciones hacia quienes tienen reparos con la CVR hubo en estos días muchos más. Y la reconciliación no asomó para nada.

Yo quiero hacer el ejercicio inverso al de ellos, cerrados en su dogmatismo. Hay un texto de Rafael Salgado publicado en la semana al que quiero contestar.

Para quienes no lo conocen, él es hijo de un emerretista muerto en extrañas circunstancias en 1993. No lo digo para estigmatizarlo, él ya lo ha contado en varias ocasiones y tiene un libro testimonial al respecto.

Él habla sobre el terruqueo como una mancha que le ha perjudicado su vida. Solo puedo decir que el pecado de los padres no hace pecadores a los hijos y su descendencia. 

Sobre cómo relaciona los años del terrorismo con la fragilidad del actual gobierno y lo que él llama régimen neoliberal no me voy a pronunciar, pues creo que no ha hilado con claridad sus ideas.

Pero lo que sí quiero tomar de su texto es la idea de impunidad. Él se refiere al caso de su padre, pero el concepto va más allá.

En el documental 1214 No tememos a los cobardes, que dirigí con Hernán Hurtado y produjo Hernán Garrido Lecca, una constante de los entrevistados, deudos de apristas asesinados por Sendero, es que no se condenó a los actores materiales.

Eso se repite en la segunda parte que estoy dirigiendo en solitario y con la producción de Garrido Lecca. Más de 30 años y no saben quiénes fueron los que apretaron el gatillo. Sí, impunidad.

Un abogado dedicado a litigar este tipo de temas twitteo que gracias a la CVR se había condenado a los culpables de las masacres de Barrios Altos y La Cantuta. 

Le respondo que igual empeño hubieran puesto en las matanzas de Soras, Lucanamarca o Las Gardenias, ejecutadas por Sendero Luminoso y MRTA. 

Salió por la tangente, que Abimael y su cúpula estaban condenados por Lucanamarca. 

No, así no. ¿Quiénes dispararon, degollaron, se ensañaron con esos crímenes? Eso queremos saber.

Sobre Barrios Altos y La Cantuta no se limitaron a Fujimori y Montesinos, se procesó a toda la cadena de mando, o lo que se pudo saber de ella.

¿En todos estos años no han podido dar con los asesinos de Marcial Capelletti, padre de mi amigo Andrés? Los asesinos lo ajusticiaron a plena luz del día, en una clase en la Universidad Nacional San Cristobal de Huamanga, y salieron caminando. 


Todos los casos que he entrevistado me han dicho, palabras más, palabras menos, que no saben quién lo hizo o mandó a hacer. Solo hay una excepción que tiene la certeza del actor intelectual. El resto, sus casos están archivados o no tienen pista alguna.

Y así hay varios casos más. No solo de victimas apristas, sino de diferentes tiendas políticas.

Contra esa impunidad debemos luchar. Que tengan un poco de paz los familiares que les sobrevivieron y que sepan que la justicia de su país los escuchó.

Salgado dice que sin conocer historias como la suya no se comprenderá lo que sucedió en aquellos años. Con ese afán, leí su libro.

Lo invito a que también conozca esas otras historias que han ido cubriéndose en un manto de olvido para la ciudadanía y también para la academia. Ese lado casi no mencionado, la de los familiares de víctimas del terrorismo. 

Repito, él no es el culpable de lo que haya hecho su padre. Pero si no ve el otro lado de la moneda, no entenderá, usando palabras suyas, "toda la complejidad de lo ocurrido".

domingo, marzo 26, 2023

No al terruqueo o el arte de esconder a los terrucos en el armario

Viñeta del libro Rupay 
de Alfredo Villar y 
Jesús Cossio

Desde hace un tiempo, se ha dado una especie de paranoia en el Perú. Hay un grupo de palabras con la misma raíz que están prohibidas de ser usadas: terrorista, terrorismo, terruco. 

El que las emplee corre el riesgo de ser llamado racista, fascista, clasista o cualquier calificativo de esa índole. El empleo de estas palabras tabús es calificado de terruqueo. 

Lo digo porque leo a varios amigos, conocidos y personas relacionadas a la cultura, cada vez con mayor frecuencia, caer en este sofisma. 

Un buen pata recomendaba en sus redes sociales un artículo de Gerardo Saravia en Ideele, y refería que vivíamos en una época de terruqueo para llamar la atención.

Me ganó la curiosidad y leí la columna de Saravia.

Era un comentario sobre una novela sobre la época del terrorismo que acaba de ser publicada. 

En el texto se destacan algunos aspectos formales del libro que, como no lo he leído, no podría opinar.

Sin embargo, tocó algunos temas que me llamaron la atención. El principal: que se afirmara que la versión de los subversivos no se conociera, que se les estigmatizara y no se contara sus motivaciones. 

Según Saravia, la mirada dominante es la que deshumaniza a los terroristas de Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA). Pero no lo dice exactamente así. 

Él evita con mucho cuidado decir las palabras tabús. No habla de terroristas sino de combatientes o cualquier eufemismo similar. 

Allí está una de las consecuencias de la campaña contra el terruqueo: por arte de magia, desaparecen los terroristas.

Pero no, no es cierto en realidad. Allí están, siguen allí, solo que con otro nombre.

Detrás del terruqueo
¿Cómo les diríamos a los encargados de dar los tiros de gracias en los asesinatos selectivos? ¿Qué palabra describiría a quienes diseñaron y dirigieron tantos atentados que afectaron al país? ¿Qué término quieren que usemos para los sanguinarios culpables de la masacre de Lucanamarca? ¿Cómo quieren que llame a los asesinos de los al menos 1214 de mis compañeros apristas?

Lo pregunto porque pertenezco a una colectividad, los militantes apristas, que sufrió el ensañamiento de los grupos terroristas Sendero Luminoso y MRTA. 

Entiendo el pedido de Saravia de dar voz a los diferentes actores de lo que él llama asépticamente conflicto armado interno y que otros identificamos como la época del terrorismo. Pero se equivoca en decir que la visión de los subversivos es ignorada o silenciada.

Solo en el cine comercial que él menciona se encuentran un buen número de casos en que se intenta salir de la dicotomía que plantea Saravia de "el estereotipo del sujeto desalmado" en contraposición de "militante heroico, indoblegable ante las fuerzas del Estado". "En ambos casos cuesta reconocer al humano cotidiano y sus vicisitudes", dice. 

Pero uno ve La última tarde de Joel Calero, por poner un ejemplo de una película lograda que me agrada, y descubre que lo que dice Saravia no es cierto, o al menos no es exacto.

Por coincidencia, en estos meses estuve leyendo memorias sobre esa época trágica para nuestro país. 

Algunos títulos que me vienen a la mente: Las chekas de Lima de Víctor de la Torre, sobre el secuestro que padeciera su padre - homónimo suyo - a manos del MRTA; Los rendidos de José Carlos Agüero, donde reflexiona sobre su condición de hijo de dos senderistas; De silencios y otros ruidos de Rafael Salgado, sobre su experiencia de hijo de un emerretista; Rehén por siempre de Luis Giampietri, acerca de su experiencia como secuestrado en la casa del embajador de Japón, Chavín de Huantar. El legado de César Astudillo, sobre la operación de rescate de los secuestrados de la embajada.

Seguro me olvido algún título más que he leído recientemente. Pero lo que noto es que hay variedad de testimonios. 

Otro hecho que noto, es que mayor atención mediática y académica reciben los libros que tratan de ese espectro que Saravia dice que se invisibiliza. Estoy seguro que muchos más artículos y comentarios ha recibido el libro de Agüero que el de de la Torre, por ejemplo. 

Incluso en libros como el de Giampietri, quien con todo derecho podría descalificar a sus secuestradores y pintarlos de forma estereotipada, hay pinceladas en que habla de las motivaciones mundanas de los terroristas del MRTA. Por ejemplo, uno anhelaba, con el dinero del posible rescate, poner una bodeguita.

Campaña de censura
A esto se suma una campañita que ha reclutado a gente de letras y periodistas, organizada por una ONG, que piden no caer en lo que ellos llaman "terruqueo", porque es anular políticamente a ciertas personas racializadas.

Pero aquí hay una trampa. A María Elena Moyano, para no mencionar un caso de mi partido, ¿no se le "anuló" políticamente cuando la dinamitaron? ¿No se está invirtiendo la lógica que debería primar? ¿No condenamos a los terroristas y sus actos, sino que se les diga terroristas?

Claro que me opongo que a cualquier protesta se le estigmatice con el mote de terrorista. Pero negar el actuar terrorista de algunos infiltrados en ellas es de una ceguera que recuerda cuando se minimizaba a la subversión calificándolos de abigeos. 

Es más, me recuerda a la novela de George Orwell 1984, en que se impone la neolengua para alterar la percepción de la realidad. Por borrar la palabra terrorista del diccionario, no se logrará desaparecer el dolor que causaron los senderistas y emerretistas. 

Pero démosle una vuelta al asunto. No solo se nos quiere prohibir una palabra, sino el estigmatizar la memoria. 1214 apristas muertos por los terroristas. Pero de ellos nos están vetando hablar. O de los asesinatos a la población LGTB cometidos por el MRTA. No existen. No se le puede decir terrorista al terrorista.  

En medios apristas se ha acuñado un ingenioso término para estas personas que no quieren que se mencione la palabra terrorista ni ninguno de sus derivados: protuco. 

"Al desaparecer el verdugo, desaparece la víctima", parece que es el razonamiento de quienes quieren prohibirnos hablar de terrorismo y de sus asesinados. Pero qué hacemos con sus deudos, con sus familiares, con quienes lloran la ausencia de un hermano, un padre, una madre, un hijo. 

Esa campañita contra el terruqueo es solo la imposición de la amnesia, de la memoria selectiva. Es, en suma, censura. 


martes, septiembre 27, 2011

Abel contra Abel

(Comentario que publiqué en el diario El Peruano en junio de 2006)
Las primeras imágenes de la película muestran a Ana (Jackelin Vásquez), una efectivo del Ejército, y Eva (Urpi Gibbons), una sospechosa de sedición, se encuentran en medio del fragor de la guerra interna. Las dos se reconocen, mientras a su alrededor un grupo de subversivos trata de tomar una base militar.


El resto de la película muestra el camino que tuvieron que transitar estas dos amigas de la infancia para encontrarse en esa situación. Otra cinta reciente que utilizó una idea similar – enfrentar a dos personajes muy unidos en la infancia para graficar la violencia política – fue Vidas paralelas. Se trata de un argumento arquetípico que, bien planteado, puede funcionar para una película. Sin embargo, el potencial de esta idea no es suficientemente explotada en el presente filme.


Un problema es el guión. Los diálogos en muchas ocasiones son ingenuos y expositivos. Un ejemplo son las líneas que les toca a las compañeras de Ana en su trabajo de interceptación telefónica, o el de ella misma cuando se acerca a los niños de su pueblo.


Otro problema es el juntar tantos elementos de nuestra historia reciente sin encajar en todos los casos. Tal vez por este intento de abarcar tanto es que el personaje de Ana se le trate por ratos de policía y en otros momentos de militar.


El director ha buscado sugerir a través de algunos detalles fuera del primer plano. Por ejemplo, la foto de Escrivá de Balaguer en las escenas de la familia de Eva hablan de su particular religiosidad, o las imágenes de Mickey Mouse en el dormitorio de Ana – tanto en Lima como en su pueblo – dan pistas sobre un ser tierno debajo de los usos rudos de una soldado. Es una cinta irregular, con algunas actuaciones eficientes pero la mayor parte no tanto, y que pudo ofrecer algo más.


Ficha técnica
Illary
Dirige Nilo Pereira
Actúan Jackelin Vásquez, Urpi Gibbons, Baldomero Cáceres, Pilar Brescia y Gustavo Bueno, entre otros.



(video tomado de http://visorperu.com/cine-peru)
Película Illary por Visorperu

martes, agosto 18, 2009

Dibujando el recuerdo


Edilberto Jiménez, antropólogo de profesión y miembro de una conocida familia de retablistas, presentará dentro de poco Chungui: violencia y trazos de memoria (IEP). En él da cuenta de los recuerdos de los habitantes de este golpeado pueblo ayacuchano a través de dibujos de la época de la violencia.
Usted ha tratado la violencia política en sus retablos y ahora en este libro. ¿Debió ser difícil abordar el tema?
- Yo viví toda esa época en Huamanga. Recién estuve en Lima hace siete años. Todo lo viví como estudiante de antropología y luego de periodista. La conocí en carne propia, lo que ha sido importante para los dibujos de este libro. Yo no pensé que se fuera a publicar.
¿Cómo llega a Chungui?
- Mira. Cada pueblito de Ayacucho ha tenido su propia historia. Una zona muy especial y emblemática para mí es Chungui. Yo llegué en el 96 para recopilar las costumbres y canciones de la zona. No fui para recoger testimonios de la violencia, nadie quería hablar de esas cosas. Pero encuentro cosas sospechosas. Allí me empiezo a investigar. Los dibujos también tienen su historia. Llevaba a lomo de mula los rollos de película y casete y se agotaban. Cuando se acababan cogía papel y lápiz y los comuneros me ayudaban a graficar. Era el 96, 97, antes de la CVR. Los testimonios son horribles, donde el ser humano vive una historia dramática.
¿Qué expresaban los comuneros al ver los dibujos que usted hacía con sus testimonios?
- Me ayudaban a mejorar lo que iba dibujando. Eso era para mí más interesante que el rollo de película o grabarles. Era una especie de antropología colaborativa.
¿Fue una ventaja para recopilar esta información el que usted sea de Ayacucho?
- Para mí fue muy importante haber conducido un programa en la radio Huanta 2000 en quechua sobre costumbres típicas de Ayacucho. Los pobladores me reconocieron por la voz y me gané su confianza y amistad.
En los últimos años se han presentado algunos trabajos gráficos sobre el periodo de violencia. ¿Qué le parecen?
- Actualmente ya varios han salido en dibujos, pinturas, etc. Me parecen interesantes que se tome conciencia y se difunda. Otra cosa es vivir en la tierra misma la violencia, otra cosa es hacerlo desde Lima o desde la ciudad. Algunos han salido desde el interior y lo han sabido hacer, y eso es importante, hacer lo que uno siente.
¿Tiene algún proyecto similar?
- Ahora estoy trabajando sobre el color en los tiempos de la violencia. Imagínate que los campesinos no te dicen la hora cuando le preguntas “a qué hora llegaron”, “a qué hora lo asesinaron”. Los comuneros te responden “cuando el cielo tiene color a limón, a zapallo, cuando las papas estaban floreciendo de tal color”.

Algo más
El viernes 21 se presentará este libro en el local del Instituto de Estudios Peruanos (avenida Horacio Urteaga 694, Jesús María) en horario por confirmar.

Datos
En octubre debe estar lista un documental de Felipe Degregori inspirado en las investigaciones de Edilberto Jiménez en Chungui.
Jiménez colaboró con la CVR en la recopilación de testimonios en esta zona de Ayacucho.
Foto: Maru Panta

lunes, julio 06, 2009

El hermano pródigo


Mario (Leonardo Torres), de cuarenta años, asiste a su primera clase de natación. Sin embargo, las experiencias que tuvo hace tres décadas cuando era un niño, le impiden dar el salto a la piscina. Con esta excusa, una linda metáfora sobre la indecisión por comprometerse, empieza a recordar su vida en medio de un hogar de clase media a fines de los setenta, con un padre izquierdista y una madre conservadora. La acción gira alrededor de los conflictos familiares y las dudas religiosas del protagonista en su nuevo colegio.
Lo más interesante de la obra es la relación que se establece entre el pequeño Mario y su hermano mayor, Renato (Sebastián Monteghirfo), suerte de ídolo de su infancia. Mientras que el primero se alista con pocas ganas a recibir la primera comunión, el segundo, llevando al extremo la prédica izquierdista del padre, se acerca a Sendero Luminoso en las vísperas del conflicto interno. Las dos caracterizaciones son de lo mejor de la obra. En Torres no es novedad las buenas performaces, pero sorprende gratamente que Monteghirfo esté a su altura y le dé hondura a un personaje difícil.
En donde cojea un poco la pieza es en la caricatura que se hace de la práctica religiosa. Se manejan muchos estereotipos como el cura pederasta y mercantilista o la abuela pacata y supersticiosa. Sin embargo, de esta faceta es rescatable ese Cristo revolucionario y desenfadado, interpretado por Renzo Schuller, que orienta y confunde al pobre Mario.
En resumen se trata de una obra fuerte e intensa, en que el drama particular de la pérdida de un hermano se articula con el origen de los años del terror.


Ficha técnica
Respira de Eduardo Adrianzén
Dirige Roberto Ángeles
Actúan Leonardo Torres Vilar, Javier Valdés, Renzo Schuller y Sebastián Monteghirfo, entre otros.
Estuvo en cartelera en el Teatro Británico hasta hace poco.


Recomiendo esta crítica que es distinta a la mía.

Memorias de una guerra

Exhumaciones de asesinados por Sendero Luminoso motivaron largometraje Realizadores aseguran que la filmación surgió de manera espontánea sin planificar

En 1983 una columna de Sendero Luminoso se ensañó con el pueblo de Santiago de Lucanamarca en venganza por la muerte del mando terrorista de la localidad. Más de dos décadas después un documental intenta dar luz sobre este sangriento hecho. Conversamos con sus directores Héctor Gálvez y Carlos Cárdenas.

La filmación de este documental duró seis años. ¿Cómo enfocaron el proceso?
- (Héctor Gálvez) Cuando empezamos a grabar en el 2002 no habíamos hablado en hacer el documental. La realidad nos lo fue presentando. Lo único que hicimos fue hacer un seguimiento. Carlos había estado antes en comunidades que sufrieron el proceso de violencia y conocía cómo habían estado entre dos bandos. Fuimos en la época de la CVR para ver qué podíamos encontrar. Yo no sabía nada más que cuestiones generales. Nos dimos que era interesante, pero visualmente no sabíamos cómo podía funcionar el documental. Hasta que nos enteramos del proceso de exhumación. No fue planificado.
¿Por qué escogieron Lucanamarca y no otro sitio donde se haya hecho exhumaciones?
- (Carlos Cárdenas) A partir de una foto que vi de una granja experimental en Puno quemada por Sendero Luminoso tuve el impulso por saber qué había pasado. Yo venía con la idea de ir a esos pueblos abandonados, porque me parecía bien loco que en medio de una guerra no se sabía que había zonas arrasadas que la gente se vio obligada a abandonar. Quedaron muchísimos pueblos fantasmas en el Perú. Esa fue una motivación personal.
-(HG) Para cerrar, no es que nosotros escogimos a Lucanamarca. Es más bien que la historia nos escogió a nosotros. No pensamos en hacer un largometraje sobre Lucanamarca, sino que nos dijimos que grabaríamos el proceso de exhumación y veríamos qué encontrábamos. Luego de quince días de grabación nos dimos cuenta que había historia, los conflictos que fuimos descubriendo.
Un punto llamativo de su documental son las declaraciones de Honorio Curitomay, hermano del mando senderista ajusticiado por el pueblo un día antes de la masacre. ¿Cómo consiguieron su testimonio?
- (HG) Con Honorio pasó algo muy particular. Cuando la época de la CVR se empezó a recolectar testimonios antes del documental. Pero Honorio no quiso declarar. Yo lo encontré como sale en el documental haciendo el baño para los comisionados. Entonces, comenzamos a conversar y nos ofreció contarnos su historia en su casa. Ni sabíamos que era el hermano, ni los de la CVR.
¿Tienen pensado seguir con este tipo de temática?
- (CC) En esa época hemos trabajado juntos en la ong TV Cultura haciendo este documental. Pero ahora Héctor tiene proyectos propios dentro de la ficción cinematográfica. Pero nosotros en TV Cultura tenemos un proyecto que trata un tema emparentado y que está finalista en Conacine. Se titula La Cantuta en la boca del diablo.

Sumilla
“Teníamos como premisa no mostrar ni buenos ni malos” Héctor Gálvez

lunes, septiembre 29, 2008

“Entendido, papa Charlie”


Felipe (Óscar López Arias) y Sixto (Renzo Schuller) son amigos desde niños. Pero su mundo cambiará dramáticamente luego de una incursión senderista en su pueblo natal de la sierra. A partir de allí, ambos seguirán caminos diferentes. Felipe es adoptado por un militar, mientras que Sixto lo será por un líder terrorista, imitando después cada uno el modelo de su nuevo padre. Años después de su separación, se vuelven a ver pero como enemigos.


Un rasgo que distingue a este filme de la mayoría de cintas sobre la violencia política es el tomar decidido partido por uno de los protagonistas del conflicto interno, el Ejército Peruano. Sin embargo, esto no significa que sea una película que – salvo por sus últimos minutos – caiga en un maniqueísmo demasiado evidente.


Entre lo mejor que presenta están las escenas de acción de un acabado muy verista. Otro pilar de la cinta son las interpretaciones de los papeles principales, entre las que destaca la de López Arias encarnando a un joven oficial. Pero el buen desempeño de los actores protagonistas no oculta ciertas debilidades del guión y de varios secundarios.


La parte menos lograda del filme corresponde a un largo juicio casi al final ambientado en el año 2003. La principal dificultad de dicha parte es lo expositivo que son los parlamentos y lo forzadamente parcializados. Momentos más tarde se hace más patente lo floja de estas escenas cuando unos enigmáticos dibujos que viajan de mano en mano expresen mejor el mensaje de “no bajar la guardia”.


Imperdible la escena del camarada Teodoro – padre adoptivo de Schuller – cantando La flor de Retama.

Ficha técnica
Vidas paralelas
Dirigida por Roció Lladó
Actúan Óscar López Arias, Renzo Schuller, Jimena Lindo, Fernando Vásquez, Paul Ramírez y otros.